Sonata para cuatro periodistas muertos

El Mundo · October 20, 2004

By PEDRO J. RAMIREZ

OPINION
TRIBUNA LIBRE
 
El pasado fin de semana deambulaba por Londres como tantos miles de
españoles ansiosos por aprovechar el puente para alcanzar nuevos
descubrimientos. El mío fue el Royal College of Music, en la frontera entre
South Kensington y Chelsea, en donde casi por accidente asistí a un
maravilloso concierto de Brahms. Fue ya con el programa entre las manos
cuando supe que ese concierto de dos virtuosos del piano y el violín estaba
dedicado «a la vida y a la misión de Daniel Pearl, el periodista norteamericano
secuestrado y asesinado hace tres años en Pakistán que hoy 10 de octubre de
2004 habría cumplido 41 años».
Transportado por la serena melancolía de las sonatas traté de precisar cuántos
años tendrían ahora Julio Fuentes, Julio Anguita Parrado y José Luis López de
Lacalle y de imaginar cómo habrían continuado siendo sus vidas de no haberse
producido sus trágicas muertes. Lentamente, a medida que la música iba
evolucionando de la resignada tristeza a la celebración de la esperanza, me fui
dando cuenta de que aquellas manos que acariciaban el teclado y aquel brazo
que tañía con mimo las cuerdas del violín les estaban homenajeando también a
ellos, como parte de lo mejor que es capaz de dar de sí el género humano.
Pocas veces he encontrado una definición tan adecuada a la manera de actuar
de nuestros tres compañeros, en cuya memoria entregamos hoy estos premios
como la que Mariane Pearl incluye en el libro dedicado al asesinato de su
esposo: «Nos vemos a nosotros mismos como andando sobre la cuerda floja,
cautelosos pero insistentes en el intento de enlazar las posturas contrapuestas
del mundo.En su trabajo, Danny lucha por mantenerse libre de dogmas y
compromisos.No siempre es sencillo permanecer imparcial, pero el mero
intento agudiza la percepción de Danny y su independencia. El no representa a
ningún país ni a ninguna bandera, trabaja sólo en pos de la verdad. Se
encuentra aquí para sostener un espejo y forzar a la gente a observarse a sí
misma».
Seguro que nuestro añorado columnista José Luis López de Lacalle, víctima del
terrorismo etarra, se sentiría perfectamente identificado tanto en esa metáfora de la «cuerda floja» como en el afán de universalismo en el que siempre
trataba de diluir los prejuicios localistas del País Vasco.
En cuanto a nuestros dos queridos reporteros Julio Fuentes y Julio Anguita
Parrado, todos los que les conocimos sabemos perfectamente que, en efecto,
los dos murieron «en pos de la verdad». No una verdad patriótica, no una
verdad religiosa, no una verdad étnica, no una verdad políticamente correcta,
sino una verdad fáctica cuyo propósito no era beneficiar a nadie sino a los
lectores.
Los dos se sentían comprometidos con unos valores y unos intereses superiores
a los de las naciones afectadas por los conflictos que cubrían, porque los dos se
sentían parte de esa especie de ONU del periodismo que aparece en cualquier
lugar de la tierra en el que la Historia se pone en marcha.
Ellos sabían que no estaba en sus manos descubrir todos los aspectos
relevantes de la verdad, pero también sabían que podían contribuir a dibujarla
con elementos fragmentarios que, unidos a las aportaciones de sus demás
compañeros, permitieran a los ciudadanos de los países democráticos tener los
suficientes elementos de juicio como para formarse un criterio de lo que estaba
sucediendo.
Entre esos elementos fragmentarios tanto el uno como el otro siempre
otorgaban especial atención al dolor de las víctimas.Los despedazados en los
bombardeos, los heridos y mutilados, los refugiados, los desposeídos de sus
escasos bienes, los padres privados de sus hijos, los hijos privados de sus
padres.
Para los jefes militares y los gobiernos que les ordenan actuar las víctimas son
sólo bajas o como máximo daños colaterales; para la prensa que cumple con su
obligación ética se trata de seres humanos que sufren, cuyo dolor debe ser
conocido y divulgado, pues es la consecuencia más inmediata e insoslayable de
toda guerra.
En el apasionante documental sobre su vida titulado The Fog of War, el que
fuera secretario de Defensa de Estados Unidos Robert McNamara comienza
haciendo la siguiente declaración: «Cualquier comandante en jefe que sea
honesto consigo mismo o con la gente con la que habla reconocerá que ha
cometido errores en la aplicación del poder militar y que ha matado
innecesariamente a cientos, miles y hasta decenas de miles de personas».
También asegura que si Estados Unidos hubiera perdido la II Guerra Mundial,
«nos habrían juzgado como a criminales de guerra». Y concluye
preguntándose: «¿Por qué algo es inmoral si pierdes y no es inmoral si
ganas?», y pidiendo unas reglas claras, internacionalmente aceptadas, de lo
que puede y no puede hacerse en tiempo de guerra.
Desde el convencimiento de que es a la prensa independiente a la que le
corresponde estimular este debate, hemos acordado entregar uno de nuestros
dos premios de este año al gran Seymour Hersh por su decisiva contribución a
la denuncia de las torturas y abusos en la cárcel de Abu Ghraib. Pocas veces
unas imágenes y un relato han tocado tan íntimamente la fibra de la dignidad
humana como esas revelaciones que envilecen tanto a sus protagonistas
directos como a los responsables políticos de que esos hechos sucedieran, y
engrandecen en la plataforma del servicio público a quienes, con Hersh a la
cabeza, nos han puesto a todos delante de tan infamante espejo.
Decir Seymour Hersh es decir periodismo de investigación, lo cual podría
parecer una redundancia puesto que la investigación debería ser parte integral
de todo periodismo digno de tal nombre.Pero de sobra sabemos quienes
conocemos la realidad de nuestro oficio cuán poco habitual resulta encontrar
medios dispuestos a dedicar recursos materiales y humanos a la incierta tarea
de buscar la cara oculta de la realidad y la parte sumergida de los hechos.
EL MUNDO viene siendo desde el mismo momento de su fundación, hace ahora
15 años, uno de esos escasos medios. De hecho, uno de nuestros mayores
timbres de gloria es el de ser identificados por el resto de la profesión y por el
conjunto de la sociedad española con ese periodismo de investigación que tan
asidua y tozudamente practicamos. Desde esta perspectiva es fácil comprender
la mezcla de admiración y complicidad, de respeto y simpatía, de
reconocimiento y orgullo, con que hoy entregamos este galardón al hombre
que desde sus revelaciones sobre la matanza de My Lai lleva casi 40 años
demostrando las posibilidades de este género informativo al servicio de una
sociedad permeable a los dictados de la opinión pública.
En cuanto al premio a Mariane Pearl, no se trata de honrar solamente la
admirable memoria de su esposo, un tipo al que, tras leer el libro Un corazón
invencible, a todos nos hubiera gustado tener como amigo, sino también de
reconocer el heroico esfuerzo que, en las condiciones emocionales más difíciles
que puedan imaginarse, ella misma viene desarrollando al promover el diálogo
entre las civilizaciones y predicar el antídoto de la información contra la
enfermedad del desconocimiento.
«Vivimos en un mundo», ha escrito Mariane Pearl, «en el que la gente no habla
para comunicarse sino para sojuzgar, en el que la ignorancia mantiene a los
pueblos como rehenes, en el que quienes detentan el poder simplifican la
complejidad de manera que nadie pueda cuestionarla. Ese es el motivo por el
que alguna gente odia a los periodistas, al menos a aquellos que rechazan un
mundo en el que sólo hay blanco y negro».
No puedo estar más de acuerdo con estas palabras. Aunque los mercados de la información son básicamente nacionales, los periodistas de todo el mundo
tenemos una patria superior que es la búsqueda de la verdad. Somos
depositarios del ejercicio de un derecho ajeno cuya titularidad corresponde a
todos los ciudadanos. A través de las organizaciones profesionales de ámbito
internacional o de iniciativas particulares como esta debemos impulsar la
libertad y la responsabilidad de la prensa como patrimonio común de la
Humanidad.
Frente a la idea de que la censura -y lo que es peor la autocensura- sólo está
justificada en tiempos de guerra y otras situaciones extremas, nos toca
impulsar la idea de que es precisamente en esos momentos cuando más
necesitan los pueblos una información plural y contrastada. Casi me atrevería a
decir que no hay mejor medicina contra esa enfermedad humana que, en
definitiva, es el recurso a la guerra que la información. Que no hay mejor
antídoto contra el veneno que lleva a los pueblos a recurrir a la violencia que la
libertad de prensa. La ecuación es así de simple: a más información menos
guerra, porque la prensa es efectivamente el espejo insoslayable que nos
obliga a contemplar las consecuencias de nuestros actos.
Todo esto significa depositar mayor responsabilidad sobre la honradez de los
periodistas, pero sólo actuando de esta manera seremos dignos del legado, del
ejemplo, del sacrificio idealista de quienes como José Luis López de Lacalle,
Julio Fuentes, Julio A. Parrado, Daniel Pearl o tantos otros colegas dejaron
generosamente la vida en este empeño.
Hace ocho días durante el concierto del Royal Collage of Music no pude por
menos que recordar y matizar las hermosas palabras de John Donne que
inspiraron el título de una de las más famosas novelas de Ernest Hemingway,
ambientada precisamente en una guerra, precisamente en España. Es cierto
que «ningún hombre es enteramente una isla», que «todo hombre es una pieza
del continente» y que «la muerte de cualquier hombre nos disminuye a todos»,
pero cuando el que desaparece es un periodista con esa dedicación y esa
entrega, la pérdida para la Humanidad tiene una escala muy superior a la
individual. Por eso las campanas no doblan, en efecto, por ellos sino por todos
nosotros, pero con música de Brahms.
Esta es la transcripción íntegra de las palabras pronunciadas por el
director de EL MUNDO en el acto de entrega de los premios
periodísticos que otorga el diario.